31 may 2010

REFLEXIONES SOBRE RELIGIÓN POR MARK TWAIN

A este texto nos lo envía el amigo Milton Callico Peña. Viene con la siguente advertencia: "Muchos lectores de Mark Twain no tienen conocimiento de su lado extremista. Se le tiene por una persona extremadamente divertida y como destacado humorista de espíritu genial. Otros lo conocen principalmente como el autor de dos libros clásicos en la literatura infantil, cuya acción se desarrolla en el río Missippi".





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INTRODUCCIÓN A
"LAS REFLEXIONES"
DE MARK TWAIN

Por Charles Neider

Mark Twain escribió "Reflexiones sobre la Religión" (Título dado por Charles Naider a cinco escritos sobre este tema) en junio de 1906, cuatro años antes de su muerte. Fueron publicados por primera y única vez en octubre de 1963 en el "Hudson Review", una revista literaria editada en Nueva York, después de haber sido negada su publicación primero por el mismo Twain, después por Albert Bigelow Paine, su amigo, biógrafo oficial y ejecutor literario, y últimamente por Clara Clemens, la hija de Twain.
Se publicaron por primera vez en forma de libro, en el presente volumen ("The outrageous Mark Twain" – El injurioso Mark Twain) ochenta y un año después de haber sido escritos. La destacada historia de la censura que sufrieron es tal vez única en la historia de la literatura norteamericana, y merece ser explicada en algunos detalles. Pero antes de que los presente, me permito describir brevemente el texto, al igual que las circunstancias bajo las cuales, dichas reflexiones fueron expresadas. Si se las leen superficialmente, pueden parecer salvajemente irreverentes, sin embargo construyen la obra de un hombre profundamente religioso. Constituyen, de hecho, un ataque a la hipócrita y fingida ortodoxia religiosa, y son una muestra acabada de la audacia y solidez de la mente de Clemens. El analiza, entre otras cosas, el carácter de Dios, los defectos de la Biblia, la Inmaculada Concepción, la influencia diabólica de la Biblia, su creencia de que el Dios y la religión actuales no perdurarán, y su convicción de que Cristo no probó que era Dios. Se queja del concepto de pacotilla que el hombre tiene de Dios, que hunde sus raíces en las propias limitaciones humanas y que es una presunción, el hecho de que el hombre piense que tiene un sendero interior hacia Dios. Se indigna, como si la Biblia hubiera sido escrita ayer, por su enfoque antropocéntrico. Hace uso pleno del recurso del anacronismo, utilizando los conocimientos del Siglo XIX como una espada contra la ignorancia humana que es la preferida de Dios, en tanto parte y ombligo del universo.





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A veces parece sugerir a un dios dual: el Dios de la Biblia, creación del hombre en su intento de racionalizar la historia y el Dios del hombre moderno, que identifica a Dios con el irracionalismo de la naturaleza y con la indiferencia de la naturaleza en relación al destino del hombre. Clemens combina ambos conceptos para sus dramáticos propósitos. Él no está tan furioso con el hombre como con el Dios-Naturaleza que atormenta al hombre. Su famosa inclinación a ayudar al desvalido lo hace ver a Dios como el primer tirano y al hombre como su principal víctima. Para su propio propósito, lee la Biblia como un literato y acusa al hombre de su estupidez de ser un fundamentalista. Como veremos, ciertos clérigos, en reacción a la publicación de "Reflexiones sobre Religión" han afirmado que él ignoraba los estudios bíblicos del siglo XIX, los cuales han modificado o puesto fuera de moda el fundamentalismo y por lo consiguiente, sus ataques son anacrónicos, mal orientados o motivados por alguna amargura personal. En su defensa puede decirse que el mundo no carecía de fundamentalistas en 1906, que han existido épocas prolongadas durante las cuales el fundamentalismo no ha sido modificado por los estudios bíblicos, y que Clemens se refería por igual a todas las épocas, incluyendo las actuales. Su crítica no se limitó al hombre judeo-cristiano. Su preocupación abarcaba las tonterías de ese animal que ha sido el hombre supersticioso de todas las épocas. Usó la Biblia judeo-cristiana porque estaba más familiarizado con ese texto que con otros libros sagrados, pero de ninguna manera se limitó a ella ni estaba señalando por su creación a ninguna raza humana en particular. La totalidad de la raza humana, de principio a fin, fue su objetivo, algo que los hombres de la iglesia no pudieron entender cuando reaccionaron ante la publicación de "Reflexiones sobre Religión".
Clemens pudo haber cometido un error táctico a apegarse texto, involucrándose demasiado específicamente (y por qué no, sarcásticamente) en detalles de teoría y práctica. Tal vez el clero estaba predispuesto a mal interpretarlo. Su enfoque era cósmico, más no así su aplicación. Como si fuera para corregir esta deficiencia, pocos meses antes de su muerte, escribió "Cartas desde la Tierra", (las que no fueron publicadas sino hasta 1962), en las cuales el sarcasmo deja paso en muchas ocasiones a la ironía, y en las cuales, el enfoque cósmico, se incorpora a la figura de Satán, con su incomparablemente mayor perspectiva en tiempo y espacio, que la del hombre.
"Reflexiones sobre Religión" constituye una opinión franca; "Cartas desde la Tierra, es una opinión bajo el disfraz de la ficción. "Reflexiones sobre Religión" contiene afirmaciones audaces y es más extremista, en relación a los puntos de vista que expone, tratando específicamente de la religión y de sus peligrosos efectos. Cartas… también trata sobre religión, pero en una forma más general y le dedica más energía al tema de la tontería de la humanidad. "Reflexiones sobre Religión" contiene inquisidoras afirmaciones sobre la Ciencia Cristiana y sobre su fundadora, Mary Baker Heddy.


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Dada la extensión de Cartas desde la Tierra, sugerimos a quien le interese el tema y su lectura contactarlo con Callico Peña. Nos escriben a juno1ster@gmail.com y les respondemos con el resto del material. GRACIAS.

26 may 2010

1810: PLAZA DE MAYO (III) POR VÍCTOR GARCIA COSTA




Víctor O. GARCIA COSTA, escritor, político, historiador, amigo... nos "regala" estas imágenes sobre un momento histórico crucial y desencadenante en la historia de la Argentina..., de la argentinidad como proyecto de país.
Son tres textos –los que publicaremos en AGORA 21- que tienen como eje a ese lugar emblemático –especie de punto focal donde todo estalla en el tiempo y en la memoria donde todo se transforma- representado por la histórica Plaza de Mayo.
En estos textos, el autor, nos acerca casi minuciosamente al latido de ese espacio tan presente en todo imagen mental referida al Bicentenario de la Revolución de Mayo.





LA PLAZA DE MAYO, EN 1810 (III)
Por Víctor Oscar GARCIA COSTA





En Mayo de 1810 ni en la Plaza del Mercado ni en la Plaza de la Victoria, separadas por la Recova, había monumento alguno y, por ende, no estaba la Pirámide de Mayo. No estaba por la simple razón de que en esos días de 1810 la Patria argentina estaba naciendo. Ese primer monumento, esa pirámide, habría de ser el primer monumento nacional y se la inauguraría en su homenaje exactamente un año después de la Revolución, el 25 de Mayo de 1811.
En rigor de verdad no se trataba ni se trata de una pirámide, como la llamó el Acuerdo del Cabildo, sino de un obelisco -montado sobre un pedestal-, de 14,92 metros de altura. Su construcción fue encargada el lunes 18 de marzo de 1811 por la Segunda Junta Provisoria Gubernativa o Junta Grande al Cabildo de Buenos Aires que, en su Acuerdo del viernes 5 de abril de ese año, resolvió "levantar en medio de la plaza una pirámide figurada con jeroglíficos alusivos al asunto de la celebridad" encomendando su construcción al "inteligente" Juan Antonio Gaspar Hernández (1750-?), escultor y tallista, y al alarife Francisco Cañete (?-?), arquitecto y escultor.
Las obras se iniciaron el sábado 6 de abril, inmediatamente después del golpe antimorenista iniciado el día anterior y que fue el primer golpe de nuestra historia, hallándose presentes los representantes de la Junta Grande, coronel Martín Rodríguez (1771-1844) y doctor Joaquín Campana (1783-1847), ambos de activa participación en el golpe, y se inauguraron -sin terminar- el sábado 25 de Mayo de 1811 con una fiesta que duró cuatro días. Sobre esta fiesta contaba ampliamente María Guadalupe Cuenca de Moreno (?-1854) a su esposo, Mariano Moreno (1778-1811), en una de las Cartas que nunca llegaron.
Juan Manuel Beruti (1777-1856), testigo presencial de los acontecimientos de la época, al respecto dejó registrado, en sus Memorias curiosas, lo siguiente:
"En este mismo se construyó la gran pirámide que decora la plaza Mayor de esta capital y recuerda los triunfos a la posteridad de esta ciudad, la que se principió a levantar sus cimientos el 6 de abril último; pero aunque no está adornada con los jeroglíficos, enrejados y adorno que debe tener por la cortedad del tiempo que ha mediado, sin embargo a los cuatro frentes provisionalmente se le puso una décima en verso, alusiva a la obra y victorias que habían ganado las valerosas tropas de esta inmortal ciudad, y las que esperaban ganar en defensa de la patria, su libertad, y de las banderas que juraron defender; las que de todos los cuerpos se pusieron a los cuatro frentes, sobre las gradas de la pirámide sobre pedestales que se pusieron al efecto, cuyas banderas y estandartes estuvieron adornando dicha obra los cuatro días de las funciones, poniéndose desde las ocho de la mañana con sus correspondientes guardias por cada uno de sus cuerpos hasta las ocho de la noche que las retiraban a sus cuarteles; estando estas alumbradas para la vista del público, lo que era la noche por una porción de hachas de cera, que a sus cuatro frentes de la misma pirámide ardían".
Nunca se han visto los planos de la Pirámide, pero por obras posteriores se sabe que era hueca, realizada con adobe compactado y rematada con una esfera.
Para esta fecha y producido el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el grupo morenista estaba diezmado: Manuel Alberti (1763-1811) había muerto tras una agria discusión con el deán Gregorio Funes (1749-1829) durante un reunión de la Junta, Mariano Moreno que había renunciado y enviado a Londres, estaba muerto -aunque en Buenos Aires no se lo sabía-, habían sido separados de la Junta Grande los cuatro vocales morenistas: Miguel de Azcuénaga (1754-1833), privado injustamente de su grado militar, Juan José Castelli (1764-1812) –por entonces representando a la Junta en el Ejército auxiliador en el Alto Perú-, Nicolás Rodríguez Peña (1775-1853) -que había reemplazado en la Junta Grande al fallecido Manuel Alberti-, Juan Larrea (1782-1847) y el secretario Hipólito Vieytes (1762-1815) -que había reemplazado a Mariano Moreno en la Secretaría de Gobierno y Guerra-. En los casos de Nicolás Rodríguez Peña e Juan Hipólito Vieytes, los golpistas aducían que para sus designaciones no se había dado intervención al Cabildo de Buenos Aires. De la Sociedad Patriótica fueron perseguidos todos sus integrantes, pero muy especialmente Ramón Domingo Vieytes (1764-1827) , Antonio Luis Beruti (1772-1841), Domingo French (1774-1825) -Jefe del Regimiento de la Estrella-, Agustín José Donado (1767-1831), Gervasio Antonio de Posadas (1757-1833) y Felipe Santiago Cardoso (?-?), desterrado a Santa Fe. Juan Larrea, compañero y amigo de Mariano Moreno, insólitamente acusado de haberse ...mezclado en facciones que habían comprometido la seguridad pública, fue destituido y remitido preso a la guardia de Luján y luego extrañado a San Juan de Cuyo. Todos ellos sufrieron lo indecible.
Conocida la muerte de Mariano Moreno, la Gazeta de Buenos Ayres fundada y dirigida por él, mientras la dirigió el deán Gregorio Funes no sólo ignoró su muerte sino que omitió nombrarlo y lo borró de la nómina de próceres que habían hecho la Revolución. Hasta que Bernardo de Monteagudo (1789-1825) evocó su memoria y Juan Ramón Rojas (1784-1824), médico y poeta, escribió una nota resaltando las cualidades morales de Mariano Moreno, que apareció en la Gazeta del 14 de febrero de 1812.
Dados los materiales utilizados en la construcción primitiva, en 1856 el deterioro era tan grande que para su reparación fue convocado Prilidiano Pueyrredón (1823-1870), que también había modificado la Plaza de la Victoria. De acuerdo con su proyecto, se optó por conservarla dentro de otra pirámide –u obelisco- rematado en la cúspide por la figura que hoy conocemos: la libertad, tallada por el artista francés Joseph Dubourdieu (?-?), realizador también de las cuatro figuras que ornan el pedestal.
Cuando se demolió la Recova Vieja en 1882, durante la gestión del Intendente Torcuato de Alvear (1822-1890), en alarde de maniobra técnica, la Pirámide fue trasladada, desplazándola sobre rieles hasta el lugar que hoy ocupa.


(FINAL)
© Víctor O. García Costa

24 may 2010

1810: PLAZA DE MAYO (II) - POR VÍCTOR GARCIA COSTA



Víctor O. GARCIA COSTA, escritor, político, historiador, amigo... nos "regala" estas imágenes sobre un momento histórico crucial y desencadenante en la historia de la Argentina..., de la argentinidad como proyecto de país.
Son tres textos –los que publicaremos en AGORA 21- que tienen como eje a ese lugar emblemático –especie de punto focal donde todo estalla en el tiempo y en la memoria donde todo se transforma- representado por la histórica Plaza de Mayo.
En estos textos, el autor, nos acerca casi minuciosamente al latido de ese espacio tan presente en todo imagen mental referida al Bicentenario de la Revolución de Mayo.
LA PLAZA DE MAYO, EN 1810 (II)
Por Víctor Oscar GARCIA COSTA

Vamos a dar vuelta a la hoy Plaza de Mayo, por entonces dividida por la Recova en Plaza del Mercado –cercana al Fuerte- y Plaza de la Victoria –cercana al Cabildo-, plaza con piso de tierra y barro poceado por el paso de las carretas, como si estuviésemos en 1810 y camináramos de este a oeste, partiendo desde el Hueco innominado, en la esquina actual de Hipólito Yrigoyen y Balcarce, al que nos hemos referido con detalle en la nota anterior. Lo primero que encontramos son los llamados altos de Escalada: la casa del santanderino y de linaje Antonio José de Escalada (1753-1821), construida entre 1782 y 1785, donde nació María de los Remedios Escalada (1797-1823) y donde la conoció el general José de San Martín (1778-1850), que la desposó. Siguen los altos de Crisol, de Juan Crisol (?-?), cabeza visible de una tradicional familia porteña, cuyo hijo Miguel Crisol (1842-1899) habría de ser un destacado urbanista. A continuación está la esquina de Aguirre. El fundador del apellido en Buenos Aires fue el navarro Agustín Casimiro de Aguirre (1744-1796), funcionario y militar al servicio del rey Carlos IV en esta ciudad. Su hijo, Manuel Hermenegildo de Aguirre (1785-?), participó en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo y tuvo una destacada actuación en la vida política argentina. Una nieta de éste, Victoria Aguirre (1858-1927) fue la dueña del edificio de Hipólito Irigoyen y Diagonal Julio A. Roca, muy cercano a lo que fue la esquina de Aguirre, que actualmente ocupa como anexo la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y que, si no han desaparecido, debería atesorar parte de las colecciones de arte que le pertenecieron y que están registradas en un Catálogo publicado poco después de fallecer su dueña.
En los sótanos y pasajes subterráneos de la esquina de Aguirre, guardada en antiguos arcones, se conservó por muchos años importantísima documentación relacionada con la Revolución de Mayo y gran parte de la historia argentina, entre ella las instrucciones reservadas a Juan José Castelli (1764-1812), entregadas por la citada Victoria Aguirre al historiador Carlos Ibarguren (1879-1956), quien las dio a conocer.
Después del cruce de las actuales calles Hipólito Yrigoyen y Bolívar, y ya caminando en dirección sur a norte, hallamos el Cabildo, que poco y nada tiene que ver con el que conocemos actualmente. El Cabildo de la Revolución, como consecuencia de la ausencia total de una verdadera conciencia histórica, sufrió múltiples transformaciones: de ser un edificio con torre y con igual número de arcadas simétricas a ambos lados de la central en las dos plantas, fue convertido en un verdadero adefesio que en 1918, como consecuencia de la construcción de la Avenida de Mayo carecía de torre y tenía cinco arcadas hacia el Sur y sólo dos hacia el Norte. A continuación nos encontramos con el edificio del Seminario, que más tarde fue ocupado por la Policía.
Seguidamente están los altos de Duval, edificados por el comerciante, hacendado y propietario naviero Pedro Duval (?-1818), amigo del ingeniero Pedro Cerviño (1757-1816) y del abogado Manuel Belgrano (1770-1820).
Después de la batalla de Maipú del domingo 5 de abril de 1818, el Congreso acordó que para perpetuar la gratitud de las Provincias Unidas, se diera a los sucesores y descendientes del general José de San Martín una finca de consideración de las de propiedad del Estado, que corresponda a los deseos del donante, y que para lo sucesivo sea un fondo que asegure su parte de existencia. Por orden del gobierno, Vicente Anastasio Echeverría (1768-1857) compró en remate público la propiedad de Duval, cuyas finanzas se encontraban en estado catastrófico. Luego de ser refeccionada, la casa fue recibida por Remedios Escalada de San Martín en octubre de 1819. En 1833, Mariano Balcarce (1807-1885), casado un año antes con Mercedes Tomasa de San Martín (1816-1875), hija del Libertador, la vendió a Miguel José de Riglos (1790-1843), por lo que comenzó a llamársela altos de Riglos. Constituyó un centro de reunión de la clase encumbrada y su balcón, el balcón de Siglos, era considerado como un palco privilegiado para los actos y celebraciones que se hacían en la Plaza de la Victoria.
A continuación nos encontramos con los altos de Urioste, mandados construir por el vizcaíno Félix Urioste y de la Campa (?-1835), que murió asesinado, situados entre los altos de Riglos y el cruce de calle, -primera casa de tres plantas que hubo en Buenos Aires- tenía una curiosa característica: por temor a un derrumbe la planta del medio se había construido de menor altura que las plantas baja y alta y, por eso, algún chusco la había bautizado como la casa de dos pisos y medio.
Tras el cruce de calle, ahora en dirección oeste a este, nos encontramos con un Cementerio junto a la Iglesia Catedral. El Cementerio ha desaparecido y la Iglesia Catedral nada tiene que ver con la existente en 1810. Seguidamente hallamos la Curia, una serie de casas bajas, los Altos de Azcuénaga, de la familia del brigadier Miguel de Azcuénaga (1754-1833) –hubo otros altos de Azcuénaga frente a la plaza de Monserrat- y el hueco de las Animas al que nos hemos referido con alguna amplitud en la nota anterior.
Tras cruzar la esquina de las actuales Rivadavia y Balcarce nos encontramos con el Fuerte, pomposamente llamado Real Fortaleza de San Juan Baltasar de Austria, que era el marco Este de la Plaza y de la pequeña ciudad. Su construcción, realizada por Fernando de Zárate (?-?), se había iniciado el 16 de febrero de 1595 a instancias del virrey del Perú, García Hurtado de Mendoza (1535-1609), marqués de Cañete, avisado desde España de un posible ataque de la flota inglesa. Sus murallas habían sido hechas de tapias, esto es, de tierra amasada y apisonada, por lo que pocos años después estaban prácticamente destruidas. Durante el año 1610 el Cabildo había hecho algunas reparaciones y en 1616 Hernando Arias de Saavedra (1561-1634) había pedido permiso al Rey para hacer una Fortaleza nueva, con resultado negativo.
Acarete du Biscay, viajero vasco que estuvo en la ciudad en 1657, dejó escrito sobre la ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires: Contiene cuatrocientas casas, y no tiene cerco ni muro, ni foso, ni nada que la defienda, sino un pequeño fuerte de tierra que domina el río, circundado por un foso, y cuenta diez cañones de hierro, siendo el de mayor calibre de a doce. Allí reside el gobernador y la guarnición se compone de sólo ciento cincuenta hombres, divididos en tres compañías, mandadas por tres capitanes nombrados por aquél a su antojo, y a quienes cambia con tanta frecuencia, que apenas hay un ciudadano rico que no haya sido capitán. Además de este fuerte hay un pequeño baluarte en el Riachuelo, con dos cañones de a tres, dominando el puerto donde atracan las lanchas para efectuar operaciones de carga y descarga de efectos.
En la Plaza de la Victoria no estaba aún la Pirámide de Mayo, pero de ello vamos a hablar en la próxima nota.
(CONTINUA)
© Víctor O. García Costa



21 may 2010

1810: PLAZA DE MAYO (I) - POR VÍCTOR GARCIA COSTA


IMAGENES, FIJADAS EN LA MEMORIA, DE ALGUNOS, DE UN MOMENTO Y DE UN LUGAR... TODO SUCEDIO HACE 200 AÑOS ATRAS Y HOY LO FESTEJAMOS A TRAVES DEL RECUERDO INCIERTO.
Víctor O. GARCIA COSTA, escritor, político, historiador, amigo... nos "regala" estas imágenes sobre un momento histórico crucial y desencadenante en la historia de la Argentina..., de la argentinidad como proyecto de país.
Son tres textos –los que publicaremos en AGORA 21- que tienen como eje a ese lugar emblemático –especie de punto focal donde todo estalla en el tiempo y en la memoria donde todo se transforma- representado por la histórica Plaza de Mayo.
En estos textos, el autor, nos acerca casi minuciosamente al latido de ese espacio tan presente en todo imagen mental referida al Bicentenario de la Revolución de Mayo.




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LA PLAZA DE MAYO, EN 1810 (I)
Por Víctor Oscar GARCIA COSTA



Lo hemos dicho y lo reiteramos siempre, ahora con mayor ímpetu al aproximarnos al Bicentenario de la Revolución de Mayo, que esa Revolución en la ciudad de Buenos Aires abrió el camino hacia la independencia nacional y al establecimiento de la República con la formación de su Primer Gobierno Patrio. No estará de más recordar que la Revolución de Mayo en Buenos Aires y en 1810, derrotadas las revoluciones de Quito, México y Caracas, fue la única Revolución triunfante. Desde entonces, nunca jamás un gobierno godo imperó en estas tierras.
En la Plaza Mayor, establecida en el lugar señalado en la traza de don Juan de Garay (1528-1583), luego dividida en Plaza del Fuerte y Plaza de la Victoria y, más tarde, en Plaza del 25 de Mayo y Plaza de la Victoria, respectivamente, y en su torno, en unas pocas manzanas, había transcurrido prácticamente toda la vida militar, política y social de la ciudad. Y en buena medida ello seguiría ocurriendo.
La actual Plaza de Mayo, primitivamente llamada Plaza Mayor, en 1810 se dividía en dos plazas separadas por una Recova o arquería de veinticinco arcos, uno central, grande, que se había construido después con un arco chico a cada lado, para unir a los otros veintidós más chicos, once a cada lado de aquél, y estaba situada a la altura de las actuales calles Defensa y Reconquista. La ejecución de la Recova, entre 1803 y 1804, había estado a cargo de Juan Bautista Segismundo (?-?) Como hubo graves fallas constructivas, el alarife Francisco Cañete (?-?) debió apuntalar y enllavar el arco principal para evitar su derrumbe.
La plaza del Este, cercana al Fuerte se llamó, primero, Plaza del Fuerte, luego Plaza del Mercado y, más tarde, Plaza del 25 de Mayo. La del Oeste, cercana a la Catedral y al Cabildo, se llamó Plaza de la Victoria.
En la Plaza Mayor, luego dividida en Plaza del Fuerte y Plaza de la Victoria y, más tarde, en Plaza del 25 de Mayo y Plaza de la Victoria, y en su torno en unas pocas manzanas, había transcurrido prácticamente toda la vida militar, política y social de la ciudad.
Hacia fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, rodeando la Plaza Mayor, comenzando desde su ángulo Sudeste, hoy Balcarce e Hipólito Irigoyen, se encontraban las edificaciones y los espacios siguientes: hueco innominado, mal llamado de Campana, donde estuvo después el Congreso Nacional contenido hoy dentro del edificio del Banco Hipotecario Nacional, los altos de Escalada -se llamaba altos a los edificios de dos o más plantas -, seguían los altos de Crisol, la esquina de Aguirre, el cruce de calles, hoy Bolívar e Hipólito Irigoyen, el Cabildo, a continuación el Seminario -años después, estuvo allí la Policía-, los altos de Duval -luego altos de San Martín y, más tarde, altos de Riglos-, los altos de Urioste, el cruce de calle, hoy Bolívar y Rivadavia, el Cementerio, la Iglesia Catedral, el Palacio Episcopal, una serie de casas bajas, la casa de Azcuénaga, los restos de la construcción de un teatro iniciada en 1804 e interrumpida durante más de 50 años y que sería el primer Teatro Colón, en el ángulo Noreste, un cruce de calles, hoy Rivadavia y Balcarce, el Fuerte y el cruce de calles, hoy Balcarce e Hipólito Irigoyen. Cada una de ellas tiene una rica historia.
Por detrás, el Río de la Plata: la entrada a la tierra, como lo había señalado don Juan de Garay (1528-1583) al fundar la ciudad de la Trinidad y puerto de Buenos Aires en 1580, ciudad abierta en contraposición a la frustrada ciudad cerrada fundada en 1536 por don Pedro de Mendoza (1487-1537).
Por iniciativa del Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo (1719-1799), bordeando ese río a lo largo de sólo tres cuadras de la actual avenida Leandro N. Alem, entre las actuales Tte. Gral. Juan D. Perón y Lavalle, se encontraba la Alameda, primer paseo público de Buenos Aires que, contra lo que es dable suponer por su nombre, no era una avenida de álamos sino de ombúes.
Los huecos eran terrenos baldíos, aunque se discute el significado de esta palabra. Para unos era y es eso, un baldío. Para otros es y era un refugio de animales y desamparados. En torno de la plaza de Mayo había tres huecos: el Hueco de las Animas, el Hueco de Campana y un Hueco innominado al que se suele confundir con el Hueco de Campana.
Cada uno de esos huecos también tiene su historia. El Hueco de las Animas estaba en el solar que se había asignado el fundador de la ciudad y que nunca ocupó. Allí hubo una Capilla de adobe (1585), luego un Cementerio, más tarde la Aduana (1603), fue casa de El Hermano Pecador, Bernardo Sánchez, que ayudaba a los necesitados (1607) y que murió en 1645, luego fue Seminario, Consulado, lo compró el Cabildo para hacer un Teatro cuya construcción se inició en 1804, obra interrumpida por las Invasiones Inglesas y la muerte de su constructor el arquitecto español Tomás Toribio (1756-1810), lo existente lo destruyó un incendio (1832), se lo remató (1835), se lo techó (1851), fue cuartel de Candileros, hasta que en 1855 se reiniciaron los trabajos del Teatro Colón que se inauguró el 25 de Mayo de 1857 cantándose La Traviata. Hoy está allí el Banco de la Nación Argentina.
El Hueco de Campana, estaba en lo que había sido la Barraca de Campana de propiedad de Don Francisco Álvarez de Campana, comerciante en géneros y filántropo español que había fundado la Casa de Huérfanas. Allí está ahora el Ministerio de Economía.
En cuanto al Hueco innominado, existía frente al Hueco de Campana, calle de por medio, y suele confundírselo con éste. Después de haber sido ocupado por el viejo Congreso Nacional ahora está allí el Banco Hipotecario Nacional, que contiene a la Sala de Deliberaciones de aquél.


(CONTINUA)
© Víctor O. García Costa


14 may 2010

LIBROS Y BICENTENARIO DE MAYO DE 1810 – POR AGORA 21



PARA TENER EN CUENTA:
Colección de libros sobre próceres en el Bicentenario. Esta colección repasa la vida de Domingo Faustino Sarmiento, José Ingenieros, Mariano Moreno, Juan B. Justo, Arturo Frondizi y Juan Bautista Alberdi, entre otros. La vida de Domingo Faustino Sarmiento, José Ingenieros y Juan Bautista Alberdi, entre otros hombres que forjaron la historia nacional, se podrán repasar en la flamante colección "Los libros del Bicentenario".



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Los textos, editados por el sello Longseller, contienen un extracto del pensamiento de los más notables integrantes de diferentes corrientes, un resumen del pensamiento argentino", como explicó Mario Kostzer, responsable de la colección. "Algunos son más importantes que otros, y es por eso que merecieron un libro propio como el caso de Sarmiento, Ingenieros y Alberdi. Y luego en una compilación incluimos a otros pensadores como: Joaquín V. González, Lisandro de la Torre, Mariano Moreno, Juan B. Justo, Alicia Moreau de Justo, Juan Bialet Massé, Raúl Presbich, Arturo Jauretche, Arturo Frondizi y Juan Domingo Perón", explicó Kostzer.
Este libro que lleva el título de "Pensamiento político argentino" surge de una compulsa realizada entre varios historiadores que determinaron quiénes eran los formadores del pensamiento político argentino", asegura. Kostzer explicó que lo que se intentó realizar es extractar lo más significativo de sus pensamientos. En algunos casos fue medio difícil por lo prolífico de su obra como en el caso de Perón y Jauretche.
En la compilación "Alberdi", se resume el núcleo de sus reflexiones que giran en torno a las bases del derecho público, al análisis de las potencialidades económicas de la Argentina y al estudio de las estructuras sociales.
Sarmiento -cuentan las páginas del libro- se preocupó por dotar de contenido apropiado al modelo de la Nación Cívica. En la pugna por establecer consensos básicos, afirmó, interrogó e interpeló pero también transformó las ideas al compás de los cambios producidos.
Finalmente, José Ingenieros fue quien marcó un rumbo para entender el desarrollo histórico de la Argentina como Nación. En este libro se rescatan sus ideas fundamentales en relación a los grandes temas que ayudaron forjar un pensamiento latinoamericano.
El escritor tucumano explicó que esta colección "sirve para todos. Lo pueden usar los chicos en el colegio, y los grandes pueden repasar la historia de una manera distinta. Sin perderse en varias páginas para llegar a conocer la idea del personaje".