17 feb 2010

JOSÉ MARÍA PASQUINI DURAN, PERSONAJE Y COLEGA

José María Pasquini Durán, reconocido columnista argentino, uno de los
fundadores del matutino Página 12, falleció en la noche del 14 de
febrero a los 70 años. El domingo 15 fue velado en la sede de la CTA
(Central de Trabajadores de la Argentina) de la ciudad de Buenos Aires.
Del gran caudal de notas referidas a J. M. Pasquini Durán reproducimos
tres que fueron publicadas en Página 12 del martes 16 de febrero.

“Palabras que siguen siendo vida”
Tres voces para recordar al docente, al amigo y al hombre de la
reflexión y las utopías. Lidia Fagale, Secretaria adjunta de la Utpba
(Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires) y responsable del
Observatorio de Medios; el ex vocero presidencial José Ignacio López y
el rabino Daniel Goldman.
Sus cruces, las palabras, el recuerdo de gratitud.

Homenaje a José María Pasquini Durán.
Por Lidia Fagale.

Sí, es cierto, algunas palabras siguen siendo vida y no hay muerte que
aguante la fuerza de las ideas.
Al momento de escribir estas líneas, el Negro José María Pasquini Durán
se resiste a irse definitivamente de todos los que lo conocimos y
leímos. Su legado de medio siglo de narraciones periodísticas –paradigma
de calidad– no se desvanece sólo en el recuerdo.
Docente, columnista de opinión y escritor, fundador de Página/12,
militante de ideas, de esas ideas que organizaba tan admirablemente en
cada escrito, batallando a favor de un mundo más igualitario, más justo.
Una tarea que asumió durante medio siglo y que debutó en la redacción
del combativo periódico de la CGT de los Argentinos, en el diario La
Opinión bajo la dirección de Jacobo Timerman y en la revista Panorama.

En Roma y en condición de exiliado, el terrorismo de Estado instaurado
en la Argentina entre 1976 y 1982 lo obligó a teclear más fuerte sus
ideas, explicando al mundo el dramático proceso que se estaba viviendo
en nuestro país desde la agencia IPS. Su regreso, en coincidencia con la
apertura democrática, lo llevó a participar de la nueva experiencia que
editó la revista El Periodista de Buenos Aires. Pero Pasquini era,
esencialmente, un docente. O más bien, conjugaba la lógica docente con
las reglas objetivas y éticas del periodismo. Esa era su escuela.

Recuerdo su presencia en el Congreso Mundial de Periodismo y
Comunicación, organizado en 1998 por la Unión de Trabajadores de Prensa
de Buenos Aires, bajo el lema “No hay democracia informativa sin
democracia económica”.

Reproduzco aquí un párrafo de su extensa exposición ante más de 40 mil
periodistas de Capital, del interior del país, del extranjero, docentes,
estudiantes y referentes sociales: “(...) La sociedad no debe depender
de los periodistas. La sociedad debe depender de sí misma, de su fuerza.
Nosotros tenemos que depender de la sociedad. Porque el principal
derecho a la información es el derecho de las audiencias, de los
públicos, no el de los periodistas ni el de los patrones de los
periodistas. Está en la sociedad la raíz. La nutriente del derecho a la
información y a la comunicación. En consecuencia, quien es raíz no puede
ser copa. No podemos invertir el árbol; nosotros somos emergentes de esa
sociedad. Por lo tanto hay que hacer todo el esfuerzo posible para que
el verdadero código de ética sea la capacidad que tiene la sociedad de
participar en el control, la producción y la gestión de la información.
Sigue siendo válido darles voz a los que no la tienen. Esta es una
consigna que, de pronto, como muchas otras frases, va quedando en el
olvido, y me parece que hay que hacer memoria –por los caídos y las
palabras caídas– Hay palabras que siguen siendo vida. Y debemos
sostenerlas como tales en nuestra memoria (...)”.

Sí, es cierto, algunas palabras siguen siendo vida y no hay muerte que
aguante la fuerza de las ideas. Ese es el eterno regreso del Negro
Pasquini Durán.+

La humorada final.
Por José Ignacio López.

¿Cómo no se le iba a dibujar esa sonrisa para rubricar su humorada
final? El Negro dijo basta el sábado de Carnaval. ¿Cuándo si no iba
poner fin a su batalla?

Fue la muestra postrera de ese humor que regalaba. Esa ironía filosa con
la que era capaz tanto de evocar esta o aquella anécdota del oficio al
que amaba, como de interpretar la crisis política de turno o asomarse a
la angustia de los más sencillos.

Bien lo dijo este diario que como pocos contribuyó a parir: nos ayudaba
a pensar. Nos rescataba de la frivolidad y la tontería. Pero siempre con
ese humor que repartía sonrisas y no pocas veces sembraba carcajadas con
la misma generosidad con la que, hasta minutos antes, había reflexionado
en un panel sobre comunicación o sembrado esperanzas invitando a la
utopía, a ejercer la capacidad del hombre para construir algo nuevo,
diferente.

Sábado de Carnaval. Fue el título que eligió para esa enorme columna
periodística: su vida, un ejemplo. El de un hombre de bien, ¡un gran
periodista! Sinónimos, en el caso del Negro Pasquini, que nos enseñó una
y otra vez que podían conciliarse, que debíamos hacerlo.+

El preciado valor de la palabra.
Por Daniel Goldman.

El pensador canadiense Wilfred Cantwell Smith decía que de algún modo
los seres humanos, ya sea por imaginación, por sensibilidad o por alguna
otra aptitud desconocida, intentan estar al tanto no sólo de lo que se
es en el mundo, sino también de lo que se habrá de ser.

Algunos creen que existe una certeza de afirmar la perfección en un
sitio diferente, ya que este universo es absolutamente inmodificable, y
que esos cambios sólo pueden hallarse en algún reino o dominio de un
pasado o de un futuro, o geográficamente en algún espacio distinto. En
lo alto, en el cielo o fuera del mundo.

Otros creemos que la justicia social y la concordia no son fantasías que
pertenecen a otra soberanía; y que la palabra es un instrumento básico y
una herramienta cardinal para luchar denodadamente contra la iniquidad
frecuente y cotidiana, la debilidad de la costumbre, la pobreza material
y espiritual. Ahora, no son muchos los que en el uso de esa palabra
saben del preciado valor del virtuosismo, la sutileza de la referencia y
la capacidad de hacerse referentes. Pasquini Durán era uno de ellos.

Tuve el privilegio de conocerlo. Mis primeros encuentros fueron en las
mañanas de cada sábado, en los que antes de partir para la sinagoga me
deleitaba con sus artículos como si fueran sinfonías compuestas por la
notas de la denuncia en el pentagrama de la reflexión. En una
oportunidad le comenté que tomaba mucha de sus ideas como base de mis
prédicas. Y se rió. No podía creer que un supuesto secular pueda
inspirar el mensaje de un rabino.

También lo conocí en el marco de la militancia en la Asamblea Permanente
por los Derechos Humanos. En esas reuniones, ahí en la calle Callao, lo
observábamos como si fuera un profeta. Me deleitaba escuchándolo.
Recuerdo también, en un acto de Abuelas, que la locutora del evento leyó
un bello texto que envolvía con su encanto y sensibilidad; el más lindo
que oí sobre las Abuelas. Y al final pronunció al autor de la magia:
José María Pasquini Durán.

Pero uno de los mayores honores que recibí en el oficio de ser aprendiz
fue cuando me llamó por teléfono para decirme que le había gustado un
artículo que yo había escrito. ¿Alguien puede imaginarse lo que
significa que Pasquini te llame para decirte que algo que escribiste le
gustó a Pasquini? Juro, y no en vano que pocas veces me sentí tan
halagado. Porque, sin falsa humildad, no era merecedor de ello.

Por más que se quiera buscarle la vuelta, uno no se acostumbra a este
tema de la muerte. Nuestra perplejidad es como un abismo.
Para quien se sintió enaltecido por la presencia trascendente del otro,
lo que nos queda es la última palabra de paz y gratitud.

Notas publicadas por el matutino Página 12 en

su edición del martes 16 que reproducimos con autorización
de los colegas que firman las notas.
by Agora 21.
de febrero de 2010.