19 sept 2006

EL INTELECTUAL DECADENTE

Los heroes en nuestros tiempos

Por Fernando Sánchez Cuadros

Mientras leía la piedra quincenal de Mario Vargas Llosa, "Héroe de nuestro tiempo" (El País 10-S), el televisor proyectaba la escena totalmente kitch de la película Rocky IV en la que el fanfarrón Apollo Creed hacía su presentación en el cuadrilátero donde sería destrozado por Iván Drago. Toda la parafernalia y ridiculez del American cool way of life no le alcanzó al hablador ni para durar un minuto ante la demoledora potencia del soviético, a pesar de que con mirada profunda había explicado a Rocky Balboa, cuya simpleza deslumbraba en la pantalla, que la pelea con Drago no era una simple exhibición, como se anunciaba, sino que se trataba de "ellos contra nosotros". En 1976 cuando se iniciaba la zaga de la película Rocky los estadounidenses necesitaban fuertes dosis de autoestima. Estaban aún frescos en la memoria el colapso de Bretton Woods y la derrota en Vietnam que llegaron de la mano (cosas del destino) de la crisis petrolera, la estanflación, los problemas en la balanza de pagos y una creciente pérdida de hegemonía, es el periodo también en el que la orgía de endeudamiento de economías atrasadas y dominadas se encontraba en pleno esplendor y servía, entre otras cosas, para aligerar las presiones inflacionarias que acarreaba la abundante liquidez que provocó el vuelco hacia la banca transnacional de los excedentes de las exportaciones petroleras con la bendición del arquitecto de nuevos órdenes mundiales Heinz Alfred (alias Henry) Kissinger . Varios de estos componentes de la crisis de dominación del imperialismo estadounidense escaparon de la conciencia del ciudadano promedio, como debe ser en una sociedad que vive ahogada en la abundancia. Quizá por eso la Academia no tuvo empacho en otorgar el codiciado Oscar a Rocky.Rocky IV se estrenó en 1985, cuando Ronald Reagan desde la presidencia de Estados Unidos hacía de las suyas con la ayuda de la británica Margaret Thatcher (es inevitable pensar en la pareja Bush-Blair cuando estos recuerdos asaltan la memoria) y ponía en marcha un proyecto para recuperar la alicaída hegemonía estadounidense con base en la fortaleza del dólar y el predominio militar. Quizá por esa razón Apollo Creed preconizaba el anhelado fin de la historia que posteriormente inventara Fukuyama.Vargas Llosa escribe sobre la serie 24 (Twenty Four) con una pasión digna de mejores causas, batiendo palmas por los premios Emmy cosechados por la serie y varios de sus actores (¿personajes?) ¿A qué se debe ese fervor? Es su forma de rendir tributo al 11-S (el del 2001, claro está) que inició la guerra contra la "miríada de poderosas organizaciones internacionales de fanáticos y mercenarios que odian a Estados Unidos y quieren destruirlo, infectándolo con gases deletéreos, epidemias bacteriológicas o en un Apocalipsis nuclear". Ficción o realidad, esquizofrenia o lucidez. Es difícil distinguir cuándo Vargas Losa fantasea y cuándo hace análisis político. Su polarización creciente en la derecha y su obsecuencia e idolatría hacia Estados Unidos desdibujan su dominio de la estética literaria y lo convierten en un vitriólico vilipendiador, proclive a escalar adjetivos contra todos aquellos que caen en el lado incorrecto en su visión maniquea y de enemigos o adoradores de Occidente, en rigor del capitalismo y de la supremacía estadounidense: "Luego del 11-S, el terrorismo ha pasado a ser el íncubo obsesionante en todos los países occidentales -con razón- y es secretamente tranquilizador saber que en el seno de ese imperio todopoderoso, al que se creía invulnerable, golpeado con tanta eficacia como crueldad por los fanáticos islamistas, existe aquella banda de hombres y mujeres fríos, eficientes, extraordinariamente diestros en el manejo de la tecnología, las armas y la resistencia física y psicológica a las peores violencias, que siempre se las arreglan para detectar las conspiraciones y atentados y frustrarlos (aunque, a veces, con elevadísimos costos)". Efectivamente, la insaciable sed de poder y venganza de la oligarquía yanqui ya cobró 90 vidas por cada muerte el 11-S tan sólo en la campaña "antiterrorista" iniciada en nombre del colapso de dos edificios… lo que Vargas Llosa califica con alevosía subalterna como golpes de fanáticos, islamistas claro está, que odian a Estados Unidos.Cuando un intelectual no es capaz de discernir entre propaganda y realidad sencillamente ha renunciado a ser considerado como un sujeto con capacidad de abstraerse para analizar y entender los fenómenos que observa. No le pidamos que sea crítico del sistema de dominación, después de todo se ha consagrado a la crítica de los críticos de la ignominia imperial y capitalista, pero sí podríamos exigirle que se abstenga, en su calidad de intelectual, de hacer propaganda. En cambio, Vargas Llosa postra la pluma cuando se trata de la anglósfera, y mientras el Primer Ministro británico se hunde a pesar (o a lo mejor a causa) de la farsa de los presuntos planes de ataques terroristas contra vuelos comerciales y en el otro lado del Atlántico crece la razonable sospecha de que los ataques del 11-S formaron parte de una conspiración de la que participó el propio gobierno de George W. Bush , opta por hacer mercadeo para una serie de televisión que forma parte de las estrategias de intoxicación de conciencias por el poder mediático. ¡Vaya intelectual! Quizá estamos siendo innecesariamente duros con él que sólo ha de estar ensayando el boceto de un cuento sobre sí mismo en su faceta de escribiente.Si bien Vargas Llosa reconoce que el sistema está podrido y que en la serie quedan exhibidas la clase gobernante y la burocracia y que las conductas no democráticas de los héroes sólo otorgan la victoria a los enemigos de la sociedad abierta ("el terrorista ha ganado, pues la democracia ha aceptado sus reglas de juego") la condición de zozobra y disloque que "el terrorismo" ha impuesto a la vida civilizada en Occidente bien merece hacer la concesión al bueno de Jack Bauer y sus compañeros, "esos terribles justicieros, [que] a la manera del Amadís o de D'Artagnan, se llenan de sangre y de horror para salvarnos, y permitirnos vivir con la conciencia tranquila". Occidente bien vale una misa, o mejor aun echar mano del terror de Estado para defenderlo. El mito de la superioridad de la "forma de vida occidental" -cualquier cosa que eso signifique- atraviesa las fantasías, las utopías, las obsesiones y los fantasmas de quien ha doblegado su pluma y su intelecto sin dignidad ni vergüenza. Afortunadamente, Twenty Four "no hace alarde de pretensiones ideológicas ni siquiera políticas", esa es tarea que se ha encomendado Vargas Llosa a sí mismo como un cruzado del liberalismo.A mediados de la década de 1980 confiado en la superioridad de la "libertad" sobre el "totalitarismo" Apollo Creed se encamina festivamente a la muerte entre bombos y platillos al son de "Living in America". Sin embargo, el heroico joven humilde y sencillo con base en esfuerzo, constancia y con gran tesón logró antes que vengar a su amigo, persuadir a los soviéticos que terminaron vitoreándolo en el cuadrilátero y al propio Iván Drago, la inmensa mole de fuerza tecnológica, esa que Vargas Llosa destaca como virtud en Jack Bauer y sus amigos, y que a diferencia de Rocky no emana del corazón. Una poética apología del "triunfo definitivo" del liberalismo al final de la Guerra Fría, o del bien sobre el mal, que años más tarde desarrollaría Fukuyama en su Fin de la historia, donde hizo caso omiso de truculencias como la manipulación de los precios del petróleo que en 1986 volvieron a desplomarse postrando definitivamente a la economía soviética.Iniciando el siglo XXI tras la evidencia de que la historia continua el propio Fukuyama debe recular distanciándose de los neoconservadores que rodean a George W. Bush y Estados Unidos encara una situación económica peor que la encontrada por Ronald Reagan al asumir la presidencia. En esta ocasión, a diferencia de la correspondiente a la década de 1980, el demócrata William Clinton entregaba un superávit fiscal que exacerbó el delirio belicista de los republicanos, pero con los mismos problemas estructurales que ahondaron el desequilibrio externo y tornaron la economía de ese país altamente dependiente de flujos de capital procedentes del exterior. La debacle de Bretton Woods, la liberación de la banca transnacional de las estrictas y restrictivas regulaciones monetarias y los choques petroleros de la década de 1970 generaron las condiciones para que los países en desarrollo se endeudaran con fruición contando para ello con la permisividad calculada de los intermediarios financieros y los organismos llamados multilaterales.La acumulación de deudas y los desequilibrios fiscal y de balanza de pagos en la economía estadounidense han debilitado al dólar al punto que para mantener un flujo constante de financiamiento en su propia moneda Estados Unidos requiere de crisis financieras internacionales recurrentes como las que se experimentaron la década pasada. Estas crisis al igual que la llamada "crisis de la deuda externa" de la década de 1980 sirvieron como pretexto para mantener a los países en desarrollo bajo el yugo de las políticas neoliberales a la par que se reorientaba la liquidez internacional hacia las sedientas finanzas estadounidenses.Si bien los precios del petróleo están fuertemente influidos por la demanda, hay factores de oferta y geopolíticos que afectan su determinación. Aunque en el último mes los precios del petróleo descendieron en más de U$S 10 dólares (pasaron de 78,4 a 66,25 dólares por barril), persiste el fenómeno del peak oil que según diversos analistas habría marcado el fin de la era del petróleo barato. Este fenómeno se refiere a un menor crecimiento de las reservas probadas de petróleo en relación con la rápida expansión de la demanda, sobre la que actúan fundamentalmente las economías industrializadas, especialmente Estados Unidos que consume el 25% del total mundial; aunque la presión de demanda generada por China y en menor medida la India en los últimos años pareciera evidenciar que se seguirá incrementando en el futuro inmediato debido a la robustez con que crecen ambas economías. De manera que el comportamiento de los precios de los hidrocarburos aunque de pronóstico reservado en ningún caso puede sustentar posturas optimistas. Por otra parte, es sabido que ciertas reservas que la pretrocracia texana quisiera explotar, como la que se encuentra en Alaska y que ha generado fuerte oposición en los movimientos ecologistas, debido a su elevado costo de extracción parecería alentar la especulación en las bolsas para empujar al alza los precios y hacerla rentable. La volatilidad en los precios de los energéticos contribuye a mantener estancada las economías industrializadas de la Unión Europea y alienta la fantasía de la plutocracia estadounidense de controlar el crecimiento de los rivales, especialmente de China, de acuerdo con sus propios intereses. Entre tanto, Rusia ha comenzado a recuperar los espacios perdidos como potencia decisiva en el orden mundial, impulsada paradójicamente por el alza de los precios de los hidrocarburos.Los neoconservadores han resuelto manipular el mercado petrolero y gasero por la vía de las cantidades, para lo cual es preciso controlar las principales reservas del mundo y de paso administrar la transición hacia un nuevo paradigma energético. En este contexto Huntington descubre el choque de las civilizaciones y que los musulmanes son el mayor peligro para las democracias liberales de Occidente. En este mismo contexto habría que ubicar el Proyecto para un nuevo siglo estadounidense (PNAC, por sus siglas en inglés) impulsado por neoconservadores extremistas, así como su ubicua "guerra contra el terrorismo". La pesadilla de Vargas Llosa y su conclusión moralmente cobarde, que equivale a un apaciguador de cínicos y cretinos, deberían ser puestas en este marco y entenderse como una elección deliberada entre dos formas de terror. Los intelectuales reaccionarios creen que liderazgos como los de Bush, Aznar y Blair son el antídoto de Occidente contra el virus del terrorismo que, por supuesto, se presenta como un agente externo o impuesto, a pesar de que Aznar fue repudiado y Blair se desmorona, ambos por mentirosos y cómplices de Bush, quien para sostenerse exacerba el caos y la violencia.Siglos de expolio y explotación colonial que sirvieron como trampolín de Occidente hacia la hegemonía se tornan evanescentes repentinamente en el horizonte del análisis y diera la impresión de que ni las guerras neocoloniales actuales y del pasado reciente permitirían entender la frustración y el malestar que provocan la dominación y la miseria. Lejos de ello se presentan como un odio demencial que sólo puede emerger en los enemigos de la "sociedad abierta". El balbuceo abstracto -en el peor sentido- e ideológico de Vargas Llosa sólo pone de manifiesto que un imperio decadente supura propagandistas decadentes. No importa si Posada Carriles sigue libre por la protección que le brinda Estados Unidos, si en Inglaterra ascienden a una de las policías que asesinó al ciudadano brasileño en el aeropuerto de Londres al "confundirlo" con un terrorista. Menos aún importa el 11 de septiembre que llevamos como llaga abierta los latinoamericanos mientras los asesinos y el dictador sigan sueltos en plaza protegidos por la (in)justicia. Qué más da que el Primer Ministro Koizumi, el más obsecuente en la historia del Imperio del Sol Naciente, esté obsesionado por reformar la constitución que al final de la II Guerra Mundial y tras dos bombas atómicas les dictó el General Mc Arthur para asegurarse de que el poderío militar nipón no se recompusiera, con el propósito de permitir a sus ejércitos involucrarse en conflictos armados aun cuando el territorio nacional no estuviera en riesgo, permitiendo a Japón involucrarse en guerras y de esta forma participar de la nueva carrera armamentista, paradójicamente bajo presión de Estados Unidos. No es de extrañar, la súper potencia anda limosneando soldados extranjeros y mercenarios para unas guerras de conquista que solapa como "preventivas". ¡Qué más da! después de todo, los pobres japoneses no tiene un Jack Bauer que vele sus sueños. No importa si Estados Unidos se aísla en América Latina, si fracasa el ALCA, si cada vez más gobiernos de la región aun cuando no reten al imperio se niegan a conducirse como subalternos e impulsan iniciativas francamente opuestas a los intereses que representa Washington. No importan las cárceles secretas del imperio ni los vuelos clandestinos de la CIA para transportar prisioneros ilegales violando el espacio aéreo europeo. Tampoco importa el vergonzoso e indigno silencio de los gobernantes de las democracias liberales ante el atropello. Menos aún importa que Bush haya espetado al mundo que ellos seguirán haciendo sus propias reglas, que es una forma de confesar que seguirán violando la legalidad internacional. Para Vargas Llosa Estados Unidos sigue siendo la garantía de que en el mundo sobreviva la democracia y sus héroes como Jack Bauer son héroes de la "civilización" y tienen permiso para hacer uso eficiente de la tecnología y de sus destrezas físicas. De manera que Rocky, el esforzado, sencillo y humilde boxeador que arribó socialmente gracias a su tesón, tendrá que ceder su lugar en el imaginario occidental a un sofisticado Jack Bauer que puede comportarse como mercenario sin llamar a escándalo ni ruborizar la conciencia liberal del escribiente. Favor que le hace a su vástago y sus compinches Plinio Apuleyo y Carlos Montaner, pues ya tienen material para el segundo volumen de su "Manual del perfecto idiota latinoamericano", todo un monumento al decadente liberalismo tropical.

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