25 sept 2006

ENCUENTRO CON NUESTRA HISTORIA

El ejercio constante de la memoria

Este es un trabajo presentado por Víctor O. García Costa en el ’’Quinto Encuentro con Nuestra Historia’’, organizado por la Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza y realizado el sábado 16 de julio de 2005, en la Unión Vecinal de Fomento Ezeiza de la citada localidad.
Víctor García Costa es escritor, periodista, investigador, historiador, coleccionista y bibliófilo. Nació en Buenos Aires en 1932 y se inició desde muy joven en la política y la literatura. Ha publicado en medios nacionales, provinciales y extranjeros. Integró el Consejo Editor de Sagitario y ha sido director de La Vanguardia en diferentes épocas. Colaborador asiduo de las revistas Historia y de Todo es Historia y co-fundador de Desmemoria. Más de 30 libros jalonan su labor de escritor, entre ellos: Alfredo Palacios. Entre el clavel y la espada, de Editorial Planeta.

UNION FERROVIARIA: LA MEMORIA Y LA HISTORIA TRAICIONADAS

(Especial para Agora21 por Víctor García Costa)

La Historia, en función de la búsqueda incesante de la verdad, es esencialmente polémica. Hace 44 años, al prologar mi libro La Revolución de Mayo. Una revelación documental, ese gran maestro del Derecho Constitucional argentino que fue Carlos Sánchez Viamonte, decía: Lo cierto es que el trabajo erudito, minucioso y fatigoso de reunir y clasificar documentos no es historia propiamente dicha. La historia se hace examinándolos, coordinándolos e interpretándolos desde el seguro punto de mira que ofrece una realidad social compuesta por innumerables datos y elementos, no siempre perceptibles en los documentos escritos que se examinan.
De esa apreciación del Maestro quiero resaltar la afirmación de que la historia se hace interpretando desde el seguro punto de mira que ofrece la realidad social, porque en esos vocablos, interpretación y realidad social, está implícito que la Historia, en tanto que Ciencia, tiene un método de interpretación en lo que lo social, dentro de su inevitable raíz económica, juega un papel fundamental.

No es un tema sin importancia
Y al plantear el tema del nombre de nuestra población, Unión Ferroviaria, nos encontramos, precisamente, con una cuestión polémica, esto es con una cuestión que exige desentrañar la verdad, una verdad que es, a la vez, histórica y social. Cabe decir aquí que, diferenciándose de la Ciencia Jurídica, en la que la práctica consuetudinaria es fuente del Derecho, para la Historia, una mentira, por muchas veces que sea repetida, no se convierte en una verdad.
Parecería intrascendente el cambio de denominación de una localidad, como si careciera de importancia que nuestra localidad se llame de una u otra manera: La Unión o Unión Ferroviaria. Pero no es así, por la sencilla razón de que cada nombre tiene un origen simbólico y un contenido que lo explica.
Los legisladores argentinos, nacionales, provinciales y municipales, son proclives a la modificación permanente de la nomenclatura, lo que hacen al vaivén y ritmo de las mutaciones y/o conveniencias políticas, como si esas modificaciones pudieran significar una alteración o eliminación de los hechos del pasado. Toda denominación implica una valoración, es cierto, pero también expresa un tiempo histórico al que, en principio, hay que juzgar con respeto intelectual.
A nuestro juicio, las denominaciones sólo deben cambiarse cuando no son significativas o cuando se trata de personajes que por sus conductas, políticas o sociales, no merecen un reconocimiento de la ciudadanía, reconocimiento que debe ser general y permanente. Por ejemplo, cuando acertadamente, en el Partido de Esteban Echeverría, se reemplazó en un tramo de la Ruta 205 el nombre del general José Félix Uriburu por el de Buenos Aires. El hecho histórico, en este caso el golpe militar de 1930 que rompió la continuidad constitucional, hecho inmodificable, porque lo pasado no deja lugar a lo posible, permite revisar la valoración positiva del hecho y de sus personajes efectuada por la dirigencia conservadora local comprometida en el golpe, para ser revalorizada desde una correcta interpretación históricosocial.
Aprovechamos para decir, también, que no nos gusta ver en la nomenclatura los nombres de episodios en que los nativos de estas tierras, indígenas, criollos y argentinos se hayan visto enfrentados. Entre esos nombres omitibles están los de muchas batallas fraticidas y el de la Conquista del Desierto.

Somos Unión Ferroviaria
Mediante una ley provincial que lleva el número 12.784, votada de apuro, entre gallos y media noche, el Poder Legislativo de la Provincia de Buenos Aires, declaró ciudad a la localidad de Unión Ferroviaria, a la que impuso el nombre de La Unión, con lo cual no sólo violentó la nomenclatura de una ciudad y pueblo del Partido, sino que tergiversó la historia y afectó el sentido social que dio origen a esa denominación.
Como hemos dicho en otras oportunidades, los pueblos y ciudades formados a la vera del ferrocarril, cualquiera haya sido su nombre primitivo, tienen el nombre de la estación ferroviaria. En nuestra línea: Avellaneda, Gerli, Lanús, Remedios de Escalada, Banfield, Lomas de Zamora, Temperley, Turdera, Llavallol, Luis Guillón, Monte Grande, El Jagüel, Ezeiza, Unión Ferroviaria, Tristán Suárez, Carlos Spegazzini, etc., expresan simultaneamente el nombre de la estación y de la población, sea ésta pueblo o ciudad.
Una excepción es el nombre de la estación Hipólito Yrigoyen que se impuso con posterioridad a la estación Barracas del Ferrocarril del Sur y que corresponde al barrio de Barracas, que primitivamente se dividía en Barracas al Norte y Barracas al Sur, separados por el Riachuelo. Pero más allá del cambio de nombre de su estación, aunque ya quedan allí pocas barracas de frutos, y a pesar del enorme peso histórico del nombre de Hipólito Yrigoyen, el Barrio sigue y seguirá siendo Barracas y ese es el aditamento que llevan sus instituciones culturales y deportivas, por ejemplo el Ateneo Popular de Barracas.
Cuando se impuso a la estación Lomas de Zamora el nombre de Pueblo de la Paz, con toda la complicación que ello implicaba, ese cambio fue resistido y a poco debió retornarse a la denominación de Lomas de Zamora como nomenclatura de la Estación y de la Ciudad.
Y esta forma resistente a la modificación de sus nombres se vio en nuestro propio partido cuando, al influjo del impacto por el asesinato del presidente norteamericano, se impuso el nombre de John F. Kennedy al Barrio El Trébol, cambio que produjo especial gozo en una parte de los habitantes de ese Barrio que suelen mirar con simpatía a la prepotente potencia del Norte. Pero hubo que volver al nombre histórico de El Trébol y allí, en la plazoleta de la entrada al Barrio, ha quedado como recuerdo del dislate y con inexplicable ubicación un pequeño monumento al presidente asesinado.

Un poco de historia
Nuestra estación ferroviaria fue, primitivamente y hasta 1912, aproximadamente, la Parada Km 34/897. Luego se la denominó Parada Links, por la presencia de los links o canchas de golf del Lomas Athletic Club. En 1952, con intención política, por resolución del Ministro de Transportes, Ingeniero Juan E. Maggi, se resolvió cambiar el nombre de Parada Links por Parada La Unión. Los fundamentos fueron dos: que la denominación actual se corresponde en su origen a un nombre foráneo y que el nombre que se propone no figura en la actual nomenclatura ferroviaria, lo que quiere decir que ese nombre no reconocía ningún origen de tipo exaltativo, ni conmemorativo, ni causa fundamental sino, simplemente, que La Unión no figuraba en la nomenclatura ferroviaria.
En 1957, por resolución del Ministro de Transportes, Contralmirante Sadi E. Bonnet, se dispuso que, simultaneamente, se designara con el nombre de La Fraternidad a la Parada Kilómetro 56 del Ferrocarril Sarmiento y Unión Ferroviaria al Apeadero La Unión del Ferrocarril Roca. El pedido había provenido de las propias organizaciones sindicales ferroviarias y el fundamento de tales cambios fue rendir homenaje a la memoria de todos los empleados y obreros ferroviarios que sacrificaron sus vidas en actos de servicio.

Dos nombres para una misma población
Como vemos, la actual denominación de ciudad de La Unión se corresponde como un calco con aquel fundamento absurdo que denominó La Unión a la Parada por que dicho nombre no figuraba en la nomenclatura ferroviaria, pero ahora, al diferenciar la ciudad de La Unión con la estación Parada Unión Ferroviaria, no sólo se crea confusión por la doble denominación y porque, además, hay un barrio denominado La Unión, sino que se agravia la memoria de aquellos empleados y obreros ferroviarios que sacrificaron sus vidas en actos de servicio y, hay que decirlo también, que produjeron heroicas luchas gremiales no sólo en defensa de sus intereses como trabajadores sino también en defensa de los intereses de la Nación.
Ni el Poder Legislativo provincial, ni el Gobernador de la Provincia, ni el Intendente de Ezeiza, ni los concejales, ni el Sindicato Unión Ferroviaria, todos justicialistas, ni ningún partido político, repararon en el agravio que se infería a los trabajadores ferroviarios muertos en servicio y en luchas heroicas. Por supuesto, el ’’medio pelo’’ les ha quedado muy agradecido, al liberarse de una denominación que no les resulta grata por sus connotaciones gremiales.

La Fraternidad y la Unión Ferroviaria
Tanto Unión Ferroviaria como La Fraternidad son nombres que corresponden a importantes organizaciones gremiales que poseen una rica historia de luchas en defensa de los intereses nacionales en general y de los trabajadores del riel en particular. En sus épocas más gloriosas estos gremios han tenido a su frente a capacitados dirigentes gremiales y han dejado honda huella con sus proyectos en defensa de los ferrocarriles argentinos y oponiéndose a todos los planes que condujeron a su destrucción con el levantamiento de miles de kilómetros de vías. Entre ellas cabe recordar las luchas de los trabajadores ferroviarios contra el Plan Larkin, elaborado por una consultora norteamericana con el que se pretendía eliminar ramales y privatizar los servicios.
Es interesante recordar, para que se comprenda la magnitud del dislate, que corrían los primeros meses del año 1887 cuando llegó a Buenos Aires un representante obrero de los fraternales de los EE.UU. Tenía como metas de su viaje conocer la situación de los obreros ferroviarios en nuestro país y promover la organización de los mismos. Fue un ’’emisario misterioso’’. Dice Marcelino Buyán: a pesar de las investigaciones realizadas, no nos ha sido posible individualizar a este emisario... La semilla, de cualquier forma, estaba echada y el 20 de junio de 1887, en el Salón Italia Unita, se realizó la Asamblea Constituyente de La Fraternidad, Sociedad de Maquinistas y Foguistas de la Argentina. Integraban la primera comisión Arévalo, Linares, Molinari, Arévalo, Pascual, Pérez, Terrible, Boo, Rosende, Bianchi, Ratti, Bertolini y Carballo.
A los pocos meses, en 1888, se produjo la primera huelga de la línea de Buenos Aires a Rosario, por la detención arbitraria de un maquinista. La huelga duró tres días y los trabajadores no se reintegraron a sus tareas hasta que el detenido llegara a Rosario, por lo que la empresa se vio obligada a fletar un tren especial para trasladarlo.
El 22 de marzo de 1890 los maquinistas del Ferrocarril Provincial organizaron una protesta porque se les adeudaba tres meses de sueldos. La Empresa exoneró al presidente de la seccional, de apellido Morixe, y al presidente de la Fraternidad, Molinari. La solidaridad de los trabajadores no se hizo esperar, como tampoco las represalias de la Empresa. Los ferroviarios fueron perseguidos, cesanteados y encarcelados. Para la Empresa la cuestión social era una simple cuestión de policía.
La Fraternidad necesitó seis años para recobrarse. El 10 de enero de 1896 estaba otra vez en la lucha. No lo dejaría de estar nunca. Tiene la marca de todos los gobiernos... y todos los gobiernos tienen su marca.
Por su parte. el 5 de octubre de 1922 se reunió el Congreso de los Sindicatos de Tráfico y Talleres con el objeto de estudiar las modificaciones necesarias para constituir una nueva organización.
Al día siguiente se inauguró el Congreso Constituyente, con la presencia de 59 delegados -35 de Tráfico y 24 de Talleres-, los que aprobaron las reformas al Estatuto y dejaron conformada la organización sindical que los iba a representar en el futuro: la Unión Ferroviaria.
La primera comisión directiva estaba conformada por: Juan L. Wilhem, Francisco Pose, Luis Patri, Antonio Limongi, José Palacín, Víctor Marotta, Lorenzo Pastrana, José A. Balbi, Antonio Román, Ricardo Wilches, Santiago Diz, Alberto Viggiano, Zacarías Leguizamón y Agustín J. Negro.
Sin embargo, sería un error considerar esa fecha como punto de partida de la organización. Todo lo contrario, ella corresponde al momento en que los trabajadores del riel, recogiendo las experiencias que se inician con el levantamiento de los obreros de la Estación Sola en 1889 al reclamar el pago de sus salarios en oro, concretan su unidad orgánica.
Muchas son las acciones llevadas a cabo, antes y después, debiéndose destacar sus intervenciones en el ciclo de las llamadas grandes huelgas, que se desarrollaron desde 1912 a 1918.
Los ferroviarios fueron desde sus comienzos trabajadores con vocación de organización y no sólo en la Capital Federal. También en el interior como lo prueban sus múltiples seccionales: en Alsina, desde 1918; en Añatuya, desde 1917; en Banfield, desde 1906; en Bragado, desde 1915; en Mendoza, desde 1906, para citar unas pocas.
Solamente un conglomerado de burros puede haber impulsado la antihistórica denominación de La Unión en reemplazo de Unión Ferroviaria. Frente a La Unión de nada, rescatamos la Unión Ferroviaria, que es la Unión de los ferroviarios argentinos en sus luchas nacionales y en la defensa de los que alguna vez fueron más de 40.000 kilómetros de vías.
No hay que olvidar que los ferrocarriles argentinos, después de la experiencia nacional del Ferrocarril del Oeste, ya en manos de los capitales ingleses, sólo tuvieron como preocupación un trazado en abanico desde los centros de producción hacia Buenos Aires, la ciudad-puerto en cuya costa se establecieron los frigoríficos de capitales ingleses, cuya historia, la historia de las carnes, también es una oscura página del pasado argentino.
Sabíamos que la ignorancia de la dirigencia provincial y local era mucha. Pero lo que nunca pudimos imaginar es que tuviera un sentimiento tan reaccionario. Y así, en este mundo del revés conformado por la ignorancia enciclopédica de nuestros funcionarios, en esta pequeña población tenemos el raro privilegio de tener dos nombres: uno para la ciudad y otro para la Estación. Sólo nosotros, desde El Tábano, periódico que ni se compra ni se vende, nos opusimos a tal cambio de denominación, al punto que en nuestro logotipo sigue figurando como ciudad de edición Unión Ferroviaria.
Sería muy interesante que la Junta de Estudios Históricos de Ezeiza reclamara la restitución del nombre de Unión Ferroviaria a esta ciudad conformada, como todas las nuestras, a la vera del ferrocarril.

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